martes, 16 de abril de 2019

Sobre la materia

¿Qué es la materia en sí? El Señor lo enseñó durante su ministerio público. Aquí transcribimos un resumen:


Si la maldad no tuviera un motivo de existir, ¿cómo pudiera aparecer en los sentidos del hombre?

Sin embargo estos contrastes, como Verdad y mentira,  no pueden ser adjudicados a la Esencia de Dios. Porque Dios Mismo es la Verdad más alta y profunda. Él no puede haber puesto en el corazón del hombre un sentido lleno de mentiras con el fin de que este peque en contra del orden divino y así se vuelva sucio en todo lo que hable y actúe.

Dios creó al hombre espiritual según su imagen y semejanza, es decir, verdadero y bueno.

El tema es que el hombre espiritual tuvo que transitar obligatoriamente por el camino de la carne. Esto con el fín que él logre una subsistencia futura. Significa que el hombre tuvo que tomar prestado su carne de la materia de esta Tierra, de acuerdo al orden del Espíritu de Dios.

Esto significa que en la carne se ha puesto un contrapeso al espíritu del hombre. Este contrapeso se llama ¡Tentación!

Este no solo existe en la carne del hombre, sino también en toda la materia. Pero la materia no es lo que parece ser. En realidad es un aparente espíritu, es mentira y engaño respecto al hombre que se está probando a sí mismo. Este aparente espíritu es y a la vez no es.

Es, porque la materia tentadora está al servicio de la carne del hombre. Pero al mismo tiempo, No es, porque la materia no es lo que aparenta ser.

Hay que entenderlo bien: Este espíritu aparente y engañador, que en sí es por completo solo mentira, es aquel espíritu de todo el mundo de la materia, y es justamente aquello que se denomina 'Satán' o el 'jefe de todos los diablos'.  El término 'diablo' son pues los espíritus que se manifiestan en forma especial y que provienen de espíritu de maldad general.

Por eso, un hombre que abraza con amor a todo tipo de materia y se vuelve activo en ella, es uno que peca contra el orden divino. Por este orden divino, Dios puso al hombre para que viviera durante un tiempo en el mundo material, para que él luchara con ella (la materia) y se fortaleciera hasta alcanzar la inmortalidad, esto gracias al uso del libre albedrío.

La consecuencia del pecado es la muerte. Es decir, la eliminación de todo aquello que el alma ha acumulado dentro de sí y que ha sido tomado de la materia. Esto es así, debido a que toda la materia, no es lo que aparenta ser, en otras palabras, no es nada.

Por eso, si tú amas al mundo y sus actividades y quieres enriquecerte con sus tesoros, entonces te asemejas a aquel hombre demente a quien  se le ha presentado a una hermosa novia bien adornada, pero que en vez de sentir una atracción por ella, se tira al piso para abrazar la sombra que proyecta la novia y comienza a adorarla con la pasión de un fanático ciego, y acariciar a la misma por sobre toda medida!

Pero cuando la novia abandone a este hombre demente, ella se llevará su sombra consigo! ¿Qué le quedará al necio? Evidentemente ¡nada!

¡Cuán grande será la lamentación del hombre demente por haber perdido aquello que amaba demasiado! Pero alguien le dirá: "¡Necio ciego, ¿por qué no abrazaste la Verdad completa en vez de su sombra que evidentemente no es nada?!"

¿Qué otra cosa más puede ser la sombra que una ausencia de luz; ausencia que toda forma densa tiene que crear en el lado opuesto al de la luz ya que los rayos luminosos no pueden atravesar al objeto denso y firme?

¡Lo que es tu sombra que proyectas cuando la luz te ilumina ya sea al estar de pie o caminando, lo mismo es toda materia y sus riquezas respecto al espíritu!

Ella (la materia)  es un engaño necesario y en esencia es una mentira porque no es lo que parece al sentido del cuerpo físico.

Por eso justamente en esto existe un juicio de la mentira y el engaño, que se manifiesta (ante los ojos del espíritu) como algo pasajero, y es solo una imagen de sombra exterior y correspondiente a una verdad profunda e interior.
Algo que el amor mundano y ciego prefiere que permanezca como una realidad como la que aparenta.


Fuente: El Gran Evangelio de Juan,
tomo 5, capítulo 70.
Recibido por Jakob Lorber.
(gej.05.070)

lunes, 15 de abril de 2019

El manto de Trier

*Trier o Tréveris: Ciudad de Renania-Palatinado, Alemania.
"¡Señor! Tú, Padre llenísimo de Amor! - ¿Qué hay de verdad con el manto que supuestamente es Tuyo y que ahora puede ser admirado en la ciudad de Trier después de pagar una importante suma de dinero como entrada y de obtener indulgencias eternas? - ¡Oh Señor, este asunto me parece algo muy extraño! - ¿Hay algo de verdad en el manto mismo? - ¿Y cómo llegó a Trier esta reliquia "sagradísima"?

1. ¡Escucha! - ¡Incluso si el manto fuera el verdadero, Cristo no estaría en el manto! - Peor aun, este manto fue fabricado en el siglo XV en la misma ciudad de Trier; manto que supuestamente fue descubierto como una extraordinaria reliquia por algunos monjes de Jerusalén y traída hacia Trier a través de  Roma después de pagar una fuerte suma de dinero en el cual, con seguridad, no se encuentra Cristo. - ¿Qué será pues esto? Creo que con todo esto ya no será necesario  hablar más de este asunto!

2. ¿Qué hacen las personas codiciosas que desean enriquecerse y, por lo tanto, volverse poderosas, pero no pueden hacerlo de manera honesta y honrada? - ¡Miren, comienzan a mentir, a engañar, a robar y finalmente a asaltar y asesinar!

3. ¡Así que aquí comenzó una mentira poderosa y un engaño aún más poderoso! ¡A esto pronto le seguirá el robo, el asalto y el asesinato!

4. ¡Se Me construirá una catedral magnífica para Mí! Pero, ¿cuándo he pedido Yo jamás algo así? ¿Acaso no suelo morar Yo solo en el corazón del hombre, si es amoroso y está libre de toda cosa mundana? - ¿Para qué puede servir la catedral, en especial si su piedra angular es un engaño?

5. Pero Yo digo: esta catedral será, sin embargo, para algo bueno, es decir será una piedra muy poderosa de tropiezo general, y será un nuevo testimonio para aquellos que no creen en la historia, como falsearon en los tiempos más oscuros de Roma en Mi nombre, Yo digo: ¡peor que en Babilonia y que los gentiles!

6. ¡Por lo menos los gentiles tenían un miedo secreto a uno que otro ídolo! Pero estos no tienen el menor temor de los ídolos porque no tienen ninguna fe, ni rastro de amor; es más,  ellos mismos se hacen Mis Señores. Yo tengo que ser como Me pueden usar para sus grandes bolsas de oro y plata. ¡Mi palabra es prohibida y a la pobre humanidad se le ofrece el excremento más bajo y maloliente! - ¿Qué de bueno es esto?

7. Mira, así que ahora el "hijo pródigo" debe comer con los cerdos y ni siquiera puede disfrutar con ellos la harina más miserable (de la Palabra de Dios)! ¡El enemigo debe elevarse así para que pueda hacer la última caída para la destrucción eterna de su naturaleza miserable!

8. Pero vosotros alegraos de todo esto, porque también esto es la "higuera", que se ha vuelto "jugosa", comienza a expulsar sus cogollos, ¡y muestra así que ahora ya está muy cerca de la puerta!

9. Oh, ¡ay de ti que mientes y engañas sin propósito ni medida! - Que en un futuro cercano, poderosos "ladrones, asaltantes y asesinos" vengan sobre ti; ¡ellos te llevarán como animales furiosos cazados como presa y no respetarán de ti ni la médula de los huesos!

10. Oh, mira, ¡ni siquiera la prostituta más malvada haría esto que ahora hacen ellos! - Por lo tanto, ¡que encuentren una recompensa muy propia de ellos!

11. ¡Pero ahora nada más sobre este asunto! - ¡No habléis de esto! ¡Porque no es loable que aquel que tiene el cielo discuta sobre lo que pertenece al infierno! Es suficiente que sepas que el manto es falso y, por lo tanto, sin Cristo por toda la eternidad.

12. Pero así como es este manto, también lo es toda la iglesia que hace ver este manto cobrando mucho dinero ¡como un charlatan malabarista con sus artes!

13. ¡Ahora lo sabes todo! - ¡Por lo tanto, no más de esta "abominación desoladora!" - Amén.


Fuente: Dádivas del Cielo, tomo 2, recibido el 31 de agosto de 1844, por Jakob Lorber.

(dadi2.440831)

viernes, 12 de abril de 2019

Protección en la Biblia

Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tenéis tribulación; pero confiad, yo he vencido al mundo.
Juan 16:33


Pero fiel es el Señor quien os fortalecerá y protegerá del maligno.
2 Tesalonicenses 3:3



El Señor me librará de toda obra mala y me traerá a salvo a su reino celestial. A El {sea} la gloria por los siglos de los siglos. Amén.2 Timoteo 4:18


Pónganse toda la armadura de Dios para que puedan hacer frente a las artimañas del diablo.
Efesios 6:11

Tú eres mi refugio;
tú me protegerás del peligro
y me rodearás con cánticos de liberación.

Salmos 32:7


Dios es nuestro amparo y nuestra fortaleza,
nuestra ayuda segura en momentos de angustia.

Salmos 46:1


Así que podemos decir con toda confianza:
«El Señor es quien me ayuda; no temeré.
¿Qué me puede hacer un simple mortal?»

Hebreos 13:6


Sean fuertes y valientes. No teman ni se asusten ante esas naciones, pues el Señor su Dios siempre los acompañará; nunca los dejará ni los abandonará.
Deuteronomio 31:6


No prevalecerá ninguna arma que se forje contra ti;
toda lengua que te acuse será refutada.
Ésta es la herencia de los siervos del Señor,
la justicia que de mí procede
—afirma el Señor —.

Isaías 54:17


Tú me cubres con el escudo de tu salvación,
y con tu diestra me sostienes;
tu bondad me ha hecho prosperar.
Me has despejado el camino,
así que mis tobillos no flaquean.

Salmos 18:35-36

Cuídame, oh Dios, porque en ti busco refugio.
Salmos 16:1


Ustedes quédense quietos, que el Señor presentará batalla por ustedes.

Éxodo 14:14


El Señor está conmigo, y no tengo miedo;
¿qué me puede hacer un simple mortal?

Salmos 118:6


Todo lo puedo en Cristo que me fortalece.
Filipenses 4:13


Tú eres mi escondite y mi escudo;
en tu palabra he puesto mi esperanza.

Salmos 119:114


Aun en la vejez, cuando ya peinen canas,
yo seré el mismo, yo los sostendré.
Yo los hice, y cuidaré de ustedes;
los sostendré y los libraré.

Isaías 46:4


Por sobre todas las cosas cuida tu corazón,
porque de él mana la vida.

Proverbios 4:23


El camino de Dios es perfecto;
la palabra del Señor es intachable.
Escudo es Dios a los que en él se refugian.

Salmos 18:30


Siempre tengo presente al Señor;
con él a mi derecha, nada me hará caer.

Salmos 16:8


Pero yo le cantaré a tu poder,
y por la mañana alabaré tu amor;
porque tú eres mi protector,
mi refugio en momentos de angustia.

Salmos 59:16


Pero tú, Señor, me rodeas cual escudo;
tú eres mi gloria;
¡tú mantienes en alto mi cabeza!

Salmos 3:3


¿Qué diremos frente a esto? Si Dios está de nuestra parte, ¿quién puede estar en contra nuestra?
Romanos 8:31


Es mejor refugiarse en el Señor
que confiar en el hombre.

Salmos 118:8


Toda palabra de Dios es digna de crédito;
Dios protege a los que en él buscan refugio.

Proverbios 30:5


Torre inexpugnable es el nombre del Señor;
a ella corren los justos y se ponen a salvo.

Proverbios 18:10


¡Aprendan a hacer el bien!
¡Busquen la justicia y reprendan al opresor!
¡Aboguen por el huérfano y defiendan a la viuda!

Isaías 1:17


El Señor libra a sus siervos;
no serán condenados los que en él confían.

Salmos 34:22


¿Pues quién es Dios, si no el Señor?
¿Quién es la roca, si no nuestro Dios?

2 Samuel 22:32

Versión bíblica NVI

jueves, 11 de abril de 2019

Décima Escena - El Pobre

Sigue otra escena corta de la vida espiritual, o mejor dicho de la salida de la vida de prueba terrenal hacia la vida eterna y auténtica de los espíritus, esta vez se trata de un pobre jornalero, despreciado por la gente importante como «miserable», o «pobre harapiento».

Entrad conmigo a este cuartucho pobre, que más parece el agujero de un oso que una viviendo humana. Apenas dos brazas cúbicas mide el interior. La puerta está deteriorada y sobre ella hay una apertura de dos palmos de largo y uno de alto por donde entra un poquito de luz atenuada por el muro sucio del establo de un vecino rico. Por este resquicio entra justo la luz suficiente para que los siete habitantes no se hagan daño uno al otro. En esta magnifica estancia no hay ni estufa, ni cocina, sólo una gran piedra caliza, tosca y sucia, hace las veces de hogar en el que los pobres habitantes cocinan su escasa comida, siempre y cuando tengan la suficiente suerte de haber encontrado algo trabajando o mendigando.

Por supuesto estos pobres deben pagar un alquiler de un florín y treinta coronas mensuales por vivienda tan «majestuosa», y aún están contentos si el dueño no exige puntualmente su pago cada primero de mes, esperando a veces quince días. Es «tan bueno» que, a causa de la enfermedad del padre de setenta años, incluso le ha vendido treinta libras de paja podrida al precio de veinte kreuzer, y esperó diez días para cobrar. Seguro que un patrón «tan bueno de corazón» y «tan paciente» también tiene derecho a la paciencia y la misericordia del Señor. Mirad, en este agujero y en el último rincón se halla acostado sobre aquella paja «fresca» el pobre jornalero. Hace años cayó de un andamio en su trabajo en la construcción, fracturándose dos costillas y un brazo. Le llevaron al hospital de los pobres, donde le trataron durante medio año, pero le dieron el alta cuando todavía no se había curado bien.

Desde entonces siempre se sintió débil, incapaz de un trabajo duro, y debía contar para el sustento diario con la ayuda de su mujer, también enferma, y de sus cinco hijas, la mayor de catorce años, que consistía o en un mísero sueldo por trabajos sencillos, o en algún donativo que mendigaban. La edad avanzada, la poca salud, el frío y el mal alimento le hicieron enfermar, encontrándose postrado en este pobre lecho cuando le visitamos.

Demacrado como una momia egipcia del tiempo de los faraones, con muchos dolores en todo su cuerpo, la columna vertebral saliéndose por encima de sus huesos, supurando, y además hambriento por tener el estomago desacostumbrado a comida, dice con voz quebrada a su mujer: «Madrecita, ¿no tienes nada que darme? ¿Ni un poquito de pan? ¿O un caldito caliente? ¿O alguna patata hervida? ¡Ay, Dios mío! ¡Qué hambre tengo! No me puedo mover de dolor, y además el hambre. Oh Dios mío, ¡Líbrame de mi sufrimiento!».

Y contesta su mujer que apenas puede mantenerse de pie de hambre y decaimiento: «Pobre marido mío. A las seis de la madrugada salieron las tres mayores a pedir algo a hombres compasivos, pero ya son las tres de la tarde y no han vuelto. Estoy temblando de miedo que les pueda haber ocurrido algo. ¡Ay, Jesús y María! ¿Y si se han caído al agua o si las ha detenido la policía? Estoy temblando de pies a cabeza. Que Jesús te dé fuerzas. ¡Iré a la policía y preguntaré si saben algo de nuestras hijas!».

Dice el enfermo: «Sí, sí, querida madre, vete, yo también tengo mucho miedo. Pero no te demores y trae algo para comer, me estoy muriendo de hambre. Ten en cuenta que hace dos días que ni tú, ni ellas, ni yo hemos probado bocado. A lo mejor las niñas se han desmayado allí fuera. ¡Ay, Dios mío, toda la miseria que hemos de aguantar!».

Su mujer se marcha, y una vez en la calle ve un guardia que lleva por delante a sus tres hijas. La madre da un grito de miedo: «¡Dios mío, ay, Jesús. Son mis pobres hijas!».

Las niñas explican llorando: «Es que este hombre nos ha detenido cuando pedíamos limosna en una calle, luego nos ha encerrado en un cuarto oscuro, y como nos ha visto mendigar más veces, trajo otro hombre, que parecía un señor, que nos hizo azotar, aunque de rodillas le explicamos que pedíamos para nuestro padre enfermo. Estamos llenas de sangre y todo nos duele. Nos preguntó por nuestro domicilio y mandó a este guardia que nos llevara a casa. ¡Ay, madre, como nos duele todo!».

La madre, que apenas puede decir una palabra, suspira y dice: «¡Ay, Señor, justo y bondadoso! Si existes, ¿cómo puedes permitir tanta crueldad?». Luego lloró amargamente. El policía le recrimina sus palabras en público y le ordena volver inmediatamente a su vivienda. La madre se disculpa y llorando dice: «Ay Señor ¿qué otra cosa puedo hacer sino llorar? Mi pobre marido de setenta años está muriéndose de hambre, hace dos días que ninguno de nosotros ha comido nada. El tiempo otoñal es frío y húmedo. No tenemos leña para calentar la vivienda. Estoy débil y enferma. Estas tres niñas son nuestro único sostén y ahora las habéis pegado. ¡Ay, Dios! ¿Cómo puedo callarme? ¿No somos humanos?, ¿no somos cristianos?».

El policía quiere deshacerse de ella, pero detrás de un chaflán salta un hombre valeroso y grita al policía: «Alto, amigo, de aquí no pases. Aquí tiene, madrecita, treinta florines, aliméntate lo mejor que puedas con esto. Y tú, verdugo, lárgate, que no te pegue un tiro». El policía quiere detener al bienhechor por su amenaza, pero el forastero saca su pistola y apunta al policía, que prefiere retirarse de prisa.

Una vez el policía ha desaparecido, el forastero también se va tranquilamente. La madre y las hijas aún le dan las gracias. Luego van rápidamente a comprar al tugurio más cercano algo de pan, vino y carne. El mozo mira con aire incrédulo el billete de diez florines. Pero piensa que dinero es dinero, igual robado que ganado de manera honrada. Así pues sirve lo que la mujer ha pedido y le devuelve el cambio.

Cuando llegan a casa, encuentran al hombre llorando de dolor y hambre. La madre le da un poco de pan y vino, y la hija mayor va rápidamente al tendero por unas pocas astillas, lumbre y algunas velas.

Cuando vuelve a casa se asusta al encontrarse delante de la misma a dos policías que han venido para informarse acerca del desconocido. Si la mujer no da el nombre y la dirección se la llevarán detenida.

Con la orden de sus superiores entran en la vivienda oscura junto con la muchacha, exigiendo que se encienda una luz y amenazando a la mujer que dé todos los informes sobre el forastero si no quiere ser arrestada. La pobre mujer, completamente asustada, enciende una vela y los policías ven al enfermo, casi desnudo sobre la paja, solo tapado con algunos andrajos. Al principio se estremecen, pero luego se sobreponen e interrogan a la mujer medio muerta de miedo sobre el nombre y posición del hombre en cuestión.

La mujer, temblando, no es capaz de contestar. Ambos verdugos creen que es una treta y, apoderándose de ella, se la quieren llevar. El pobre enfermo y sus cinco hijas les suplican, pero ellos cumplen con «su deber». En el mismo instante en que los policías quieren pasar el umbral con la mujer, se acerca nuestro forastero con tres ayudantes forzudos. Primero liberan a la mujer de las manos de los verdugos y luego les dan una paliza, amenazándoles a ellos y a su oficina, y diciendo: «¡En el nombre de Dios! Si os atrevéis otra vez más a entrar en este santuario donde habitan los ángeles de Dios, os espera una venganza horrorosa. No somos hombres o seres de este mundo, somos los espíritus protectores de estos ángeles, que pasan aquí su prueba carnal». Luego desaparecen los cuatro. Los policías también se retiran, para no volver.

La mujer se recupera bien pronto y procura -dándome las gracias por su salvación- preparar una sopa caliente para su hombre, que está llegando a su fin. Con todas las bendiciones le dan la sopa al viejo, que -también bendiciendo y dándome las gracias- la come con buen apetito. Algo fortalecido, dice a su mujer y a sus hijas: «Querida mujer, y queridas hijas, tuvisteis que pasar mucha penuria por mi causa. Pero también os habéis podido convencer que el Señor nos protege, ahuyentando a nuestros enemigos. Tened siempre confianza en Él: el Señor está más cerca de vosotras cuanto más apuros sufrís. Perdonad a todos que os han hecho daño, solo son herramientas de la fuerza policial y lo hacen todo sin preguntar. El Señor será su juez.

Soportad vuestra cruz con paciencia y no busquéis la suerte terrenal, porque los afortunados del mundo no son hijos de Dios. Lo que parece majestuoso en el mundo, es abominable a los ojos de Dios. La suerte de este mundo, es la mala suerte para el espíritu.

¿De qué me hubiese valido ser uno de los ricos de la Tierra? Al final de mi vida terrenal no me esperaría sino la muerte eterna. Pero ahora todo es diferente. No me asusta la muerte, para mí no existe. ¡Me estoy librando de todos mis sufrimientos terrenales y veo ante mí la entrada majestuosa del Reino de Dios!

Mirad este gastado cuerpo mío, asiento del alma para que ésta soporte la cruz divina: acostado en la paja está ya frío y muerto. Pero mi ser, mi alma y mi espíritu, que durante setenta años han habitado en él, ya están libres y no han sufrido la muerte. En un instante maravilloso me he visto libre de toda esta carga. Tocadme y veréis que estoy muerto. (La mujer y las hijas tocan al cuerpo y notan que esta frío, duro y muerto). Mirad, estoy vivo y puedo hablar con vosotros mucho mejor que antes.

Y la razón es que siempre he creído en Jesús, el Crucificado, y, dentro de mis posibilidades, he cumplido Sus mandamientos. Él enseñó en el templo que aquellos que aceptan su palabra y viven según ella no verán la muerte, así lo he visto confirmado conmigo; he dejado atrás a mi cuerpo sin sentir cuándo ni cómo.

No os dejo fortuna alguna, mi gran pobreza terrenal es toda vuestra herencia. Pero ¡alegraos!; si los ricos del mundo supieran que la pobreza mundana es la riqueza del espíritu, muchos se apartarían de sus sacas de dinero. Pero la ceguera considera ganancia lo que en verdad es muerte. Dejad que anden el camino de su condenación. Pero vosotras, si deseáis ser felices como yo al final de vuestro trayecto, debéis huir de la felicidad terrenal.

Creedme pues os hablo desde el Más Allá. Cuanto más grande es la cruz, y cuanto más pesado llevarla, más fácil será el paso desde el mundo material al mundo espiritual. Todo el que sigue a Cristo debe andar el camino de la carne. Todo debe ser crucificado en Cristo, morir en Él para resucitar y vivir eternamente.

La carne se crucifica en Cristo por la pobreza, la penuria y las dificultades de la vida. Por lo tanto el que vive como nos tocó vivir a nosotros, resucitará de su lecho de muerte para cosechar la vida eterna. Mientras que los ricos, una vez acabada su felicidad terrenal, en realidad mueren. El pobre que se entrega a la voluntad del Señor, siempre está muriendo, y cuando alcanza su meta, ya ha vencido la muerte y no morirá más, sino que, a diferencia de aquellos hombres que siempre han vivido según su antojo, resucita en Cristo. Estos ya consiguen su meta en el mundo, después les será muy difícil - a veces imposible- poder resucitar. Alegraos y guardad todo en vuestro corazón, aunque el mundo os desprecie, os insulte, y os persiga el suyo endurecido. El Señor observa todo “el mal” y conoce todos sus planes. Os digo: buscad sobre todo el reino de Dios y la justicia, y todo lo demás os será dado.

Los ricos de este mundo merecen nuestra compasión, porque son pobres interiormente. Alegraos por aquellos que, como vosotras, deben pasar todo tipo de penurias, cargando con su cruz. Estos mueren diariamente en Cristo, para no morir más al fin de su vida, sino para resucitar a la vida eterna en Él.

Sean mis últimas palabras en este mundo las riquezas que os dejo en herencia, herencia ésta por la que no se pagan impuestos. Sacad pronto este cuerpo de la habitación pues está muerto del todo. Tampoco hacen falta grandes ceremonias pues para Dios las ceremonias son abominables. Ni debéis pagar misa ninguna porque a Dios le dan asco las oraciones por las que se ha pagado. En cambio debéis alabar a Dios por la gracia que me ha concedido. Todo honor, alabanza y nuestro amor para Él, eternamente. Amén».

Con estas palabras enmudece en este mundo y, rápidamente, su cuerpo se convierte en cadáver.

En seguida se ve rodeado de tres hombres muy amables vestidos de blanco, que le saludan y le tienden las manos como hermanos. Agradecido y feliz, olvidándose de los sufrimientos terrenales, les da su mano, diciendo: «Queridos, desconocidos amigos de nuestro Señor Jesús, porque supongo que esto sois. Durante siete decenas de años de vida en la inhóspita Tierra he pasado -visto mundanamente- muy pocos días buenos y muchos lleno de preocupaciones, los últimos los más amargos. Durante los últimos hubo de todo: dolor, penuria, y profundo pesar por mi pobre piel pecadora. Todo sea entregado al Señor, y a Él sólo toda mi alabanza y mi amor por siempre jamás. Aunque haya debido sufrir mucho, nunca me faltó consuelo que me ayudara a mantener firme el corazón pese a los sufrimientos corporales y a las llagas de mi cuerpo; he sabido soportarlos en el nombre del Señor. Y ahora tengo la gran gracia, la ayuda y la misericordia de Dios, nuestro Señor, que muchas veces me socorrió en la Tierra, y con paciencia espero lo que Su voluntad disponga. Todo mi amor, mi alabanza y mi adoración a Él, ¡que se haga Su santa voluntad!».

Uno de los tres hombres vestido de blanco dice: «Querido amigo, ¿qué harías, si el Señor, por su santidad y a causa de tus pecados veniales -siempre según tu fe- te mandara al purgatorio por tiempo indefinido, donde volverías a sufrir dolores? ¿Serías capaz de seguir alabando al Señor bajo los dolores del fuego? ¿Serías capaz de amarle todavía?».

Contesta el pobre: «Ay, querido amigo. La santidad inconmensurable del Señor purifica el alma para que sea digna de verle. Pero su infinita sabiduría y misericordia también conocen el límite de lo que una pobre alma puede llegar a sufrir. Y no la cargará más. Si su justicia y su infinita Santidad exigen esto de mí, que se haga su voluntad. Reconoceré todavía su gran amor que me impone tales sufrimientos para que mi alma sea purificada y digna de verle!

Yo os digo, el Señor es mi amor, y todo lo que hace es bueno. Que todo se haga según su voluntad. Si ahora pidiese compasión e indulgencia, no sería tan provechoso para mí como lo que el Señor ha determinado en su sabiduría y amor. Por esto vuelvo a repetir: alabado sea el Señor Jesús, que es el único Dios Señor y Padre con el Espíritu Santo, y que reina de eternidad en eternidad. ¡Alabado sea su santísimo nombre y que se haga su santa voluntad!».

El hombre vestido de blanco dice: «Has hablado bien y desde la verdad. Pero considera que has muerto sin confesión y sin comunión. ¿Acaso no puedes verte ante la silla del Cristo juez, y si te encontrara un pecado mortal condenarte al infierno para siempre, por no hallarte en estado de gracia, siempre según la enseñanza de tu iglesia? ¿Seguirías alabando al Señor?».

Dice el pobre: «Amigos míos, lo que pude hacer, lo hice. Si no me he confesado al final, no ha sido por mi culpa. Sólo habían pasado tres semanas desde mi última confesión, y mi confesor me aseguró que no necesitaría confesarme durante algún tiempo. Oh, amigos, si en mí hay algún pecado mortal, rogad vosotros al Señor que me perdone y que tenga piedad de mí, pobre pecador. Tener que padecer en el infierno tras una vida terrenal llena de sufrimientos, sería horrible. ¡Ay, Señor, hágase tu voluntad, pero ten compasión de esta pobre alma!». Dice el hombre de blanco: «Querido amigo, nuestra intercesión no te serviría si tuvieras un pecado mortal. Sabes, según la enseñanza de tu iglesia, que a causa de la justicia perfecta e inmutable de Dios no hay misericordia divina después de la muerte.

En la Tierra nunca has dado mucha importancia a la intercesión de los santos, ni a la santa misa, y al final te comportaste como un hereje, no cumpliendo con todo lo mandado por tu iglesia. Si nosotros rogásemos a Dios por ti, ¿crees que serviría de algo? ¿Por qué no considerabas importantes las letanías y las misas de difuntos y, según tu propia confesión, incluso dijiste a tus familiares que a Dios le asquean las oraciones pagadas y que no debían pagar ninguna misa por tu alma? Si es así, ¿cómo quieres que intercedamos por ti? ¿En qué quedamos? ¿Crees que nuestra intercesión te puede servir de algo ante Dios?».

Dice el pobre, lleno de espíritu y con gran serenidad: «Amigos, no sé quienes sois y me da igual. Pero no podéis ser, lo mismo que yo, más que criaturas de Dios, ¡gracia eterna y todo mi amor a Él!, y así puedo hablaros abiertamente.

En el mundo fui pobre y miserable, pero sabía escribir y leer y calcular bastante bien. Los domingos y días festivos me dediqué a leer las Santas Escrituras. Cuanto más me adentraba en ellas, más claramente veía que la iglesia católico-romana actúa contra la enseñanza de Cristo y de los apóstoles, tal como está en los cuatro Evangelios y en las Cartas de los Apóstoles. En una carta del apóstol Pablo encontré este explosivo párrafo: “Y si viniere un ángel del cielo y os enseñare un evangelio diferente a lo que yo os anuncio, o sea el de de Jesús crucificado, ¡maldición para él!”.

La frase atravesó mi alma como un rayo y me pregunté: ¿cómo concuerdan estas palabras del apóstol con la enseñanza de Roma, que no deja siquiera que los laicos lean la Biblia, enseñando algo muy diferente, cosas que parecen paganas? ¿En quién debo creer? Una voz interior me dijo: “¡Cree en la palabra de Dios!”. Y así lo hice.

Cada día veía más claramente que era correcto. Lo comprendí dentro de mi corazón, y en el espíritu y en la verdad estuve convencido de creer fielmente que la enseñanza de Cristo es la palabra de Dios pura y verdadera, y que en ella hay que buscar la santidad y la vida eterna. Dios es inmutable. Como era, así será siempre: el único y eterno espíritu de amor puro.

¿Cómo podría haber fundado la iglesia de Roma, que predica el odio, la persecución, la condenación, la muerte y el infierno? No, eternamente no; me dije: aquel que juzga y condena a sus hermanos, ya está juzgado y condenado. ¡No juzgues ni condenes a nadie en tu corazón, para que no seas juzgado! Así lo percibí y actué en consecuencia. Cada vez veía más claro, que los clérigos de Roma se comportaban peor en espíritu con el Señor que quienes crucificaron su cuerpo. Pero no condeno, siempre digo en mi corazón: ¡Señor, perdónales, están ciegos y no saben lo que hacen!

Cada vez comprendía mejor el amor sin límites del Señor. Pero también mi amor hacia Él iba creciendo, pese a todos mis sufrimientos terrenales, que más bien me reforzaban. Os digo libremente y sin tapujos: Cristo es mi amor y mi vida, también en el infierno, si fuera condenado; ¡pero nadie me puede quitar a mi Jesús ni en el infierno!

Sé que delante de Dios soy un pobre pecador, indigno de levantar mis ojos hacia Él. Pero, decidme, ¿dónde, en toda la inmensidad de Dios, vive un ángel o un hombre que pueda decir lo que dijo el Señor “¿quién de vosotros me puede encontrar una falta?”. En verdad más me vale decir “Señor, soy el más indigno de todos” y no “Soy digno de tu gracia”. Sólo puedo decir, y vosotros supongo que también: “Señor, todos somos siervos inútiles y no hemos merecido tu gracia. Oh Señor, oh Padre, ten piedad de nosotros, por tus méritos”.

Unicamente tenemos derecho a hablar y rezar así. Todo lo demás lo considero pecado mortal, aquí y siempre. Ahora comprenderéis porque no me importaban las letanías ni las oraciones pagadas. Pero siempre estoy a favor de la intercesión de corazón de un hermano, y esta es la razón por la que os he pedido interceder por mí. Pero haced lo que queráis. En todo cúmplase eternamente la voluntad santísima del Señor!».

Volvió a tomar la palabra el hombre vestido de blanco, interiormente encantado con este nuevo hermano: «Querido hermano, vemos tu sinceridad, tu valor y tu celo en favor del Señor, que efectivamente es como una roca. Pero pregunta a tu corazón si te atreverías hablar así en presencia del Señor».

Contesta el pobre: «Mi amor desbordante puede paralizarme la lengua, pero no el valor. No hace falta tanto valor para afirmar delante de Dios mismo que uno se siente como el siervo más inútil y más necesitado de su gracia y misericordia. ¡Oh!, nunca he tenido miedo de Cristo, le amo demasiado. Decidme, ¿tengo que quedarme aún mucho tiempo aquí?. Me gustaría saber realmente adonde debo ir».

Dice el hombre vestido de blanco: «Ten un poco de paciencia, estamos esperando a alguien a causa tuya. Cuando llegue te traerá la decisión del Señor, y acto seguido te irás de aquí para marchar al sitio al que la voluntad de Dios te ha destinado. Mira hacia el amanecer, por ahí llega. ¿No temes al que viene en nombre del Señor?».

Dice el pobre: «No. Si amo al Señor sobre todas las cosas ¿como puedo temer a su enviado?».

Dice el hombre de blanco: «Hermano, ¿sabes que el más justo peca siete veces al día sin saberlo? Si cuentas todos los días desde que tuviste uso de razón y los multiplicas por siete, ¿cuántos pecados mortales acumularías, teniendo en cuenta además que según Ignacio de Loyola cuatro pecados veniales hacen uno grande? Si el mensajero viniera ahora con esta factura, ¿no temeríais el mensajero del Señor?». Y el pobre hombre contesta: «No, y no. Os confieso, amigos míos, que me alegraría haber sido calificado de gran pecador. El pecado no me enaltece, me humilla y eso es lo justo. Lo he sentido muchas veces en la Tierra, cuando a veces no era consciente de haber pecado, especialmente después de haberme confesado. En tal estado más bien me sentía orgulloso por mi pureza ética, diciéndome si me encontraba con algún malhechor: ¡gracias a Dios no soy como ese, que ha olvidado la ley de Dios y la de los hombres!

Pero si luego caí de nuevo, mi contrición me hacía pensar dentro de mi corazón; fíjate, aquel que tú consideras una mala persona, quizás es más puro ante Dios que tu mismo. Por lo tanto, oh Dios, ten compasión de mí, pobre pecador. No soy digno de levantar mis ojos hacia los cielos. Y esto, amigos, creo que es el mejor pensamiento, y más apropiado para el pecador que decir: “Señor, soy puro y he guardado todos tus leyes desde mi niñez, esperando ahora en justicia la recompensa”.

Amigo, sé que delante de Dios soy un pecador. Por lo tanto no sólo soy humilde, sino que tampoco espero nada de Él según mis méritos, sino lo que Su gracia y misericordia me quieran conceder.

No comprendo qué méritos pueden acumular las criaturas, ante Dios todopoderoso, que todo lo puede y que no necesita nuestra ayuda. ¿Acaso han ayudado a Dios, nuestro Señor, en la creación del cielo y de la Tierra? ¿O han logrado la salvación? ¿O beneficiaron en algo a Dios cumpliendo más o menos sus leyes? Dios es perfecto tal como es, no necesita de nosotros, y nuestro destino no es prestarle servicio alguno sino asimilar Su gracia infinita, su misericordia y su amor.

Esto es lo que vengo pensando y lo que seguiré pensando eternamente si se me concede una existencia eterna. Por esta razón no temo al mensajero del Señor, como tampoco encuentro razón para temer al Señor mismo. Sí, temo al Señor, pero no como un malhechor, sino como un amante que, teniendo un corazón impuro, se siente pecador e indigno de amar con todas sus fuerzas a su Señor. ¿Qué os parece, amigos míos, tengo razón?».

Dice el vestido de blanco: «Vemos claramente que no te convenceremos, así que tampoco te importunaremos más y te dejamos con el que llega por allí. ¡Ya está aquí!». El mensajero se acerca amablemente al pobre, le tiende la mano y le dice: «¡Levántate, hermano, déshazte de tu envoltura mortal y entra en la vida eterna en Dios y el Señor, tú que has amado tan intensamente a Jesús!».

El pobre se levanta y se siente libre y lleno de fuerza y dice al mensajero, que parece muy sencillo: «Gran enviado del Dios todopoderoso. Todo mi ser se llenó de bienestar cuando me diste la mano, eso prueba que eres un enviado del Altísimo y seguramente me podrás decir lo que me espera ante el Juez supremo, ya que los otros hermanos más bien querían asustarme. No tengo méritos, ni podré adquirirlos jamás, y me siento un gran pecador ante el Señor. Dime tú ¿puedo esperar su gracia y su misericordia?».

Dice el mensajero: «Querido hermano, ¿cómo se te ocurre preguntar tal cosa? Tu corazón esta lleno de amor hacia el Señor, y en él, dentro de ti, está el Señor Jesús, Dios de eternidad en eternidad. El que lleva a Jesús en su corazón, ¿cómo puede dudar en hallar gracia y perdón? Yo te digo: ya eres bienaventurado, y jamás sufrirás juicio. ¡Ven conmigo hacia tu Dios, el Padre amantisimo y santo, y recibe todo en abundancia, al igual que todos los que Le aman en verdad sobre todas las cosas!».

Dice el pobre: «¡Oh, excelso mensajero de Dios! Perdóname, no te puedo seguir. No merezco tal gracia. Llévame a un lugar tranquilo, donde habiten beatos sencillos, parecidos a mí, en la esperanza de vislumbrar al Señor cada cien años, contados mundanamente, y me sentiré tan bienaventurado como los ángeles más puros y perfectos. No sería capaz de soportar estar tan cerca de Jesús, mi gran amor me haría estallar al acercarme a Él. Concédeme lo que pido desde el corazón contrito».

Dice el mensajero: «Mi apreciado hermano, esto no es posible, ya que es la voluntad del Señor. Si yo puedo permanecer cerca del Señor, también lo podrás tú. Ven conmigo y no te asustes. Te digo que los dos nos encontraremos bien en presencia del Señor». Dice el pobre: «Bueno, si tú lo consideras posible, lo intentaré en nombre de Dios. Pero, dime, por qué me miran con arrebato y emocionados aquellos hermanos vestidos de blanco? ¿Quizás ya ven al Señor?».

Dice el mensajero: «Es posible, pero todos nos alegramos mucho por ti, al igual que por cualquier hombre que llega hasta aquí con tanto amor. Mira en dirección a oriente, donde ves una suave colina y la salida magnifica del Sol. Por allí va nuestro camino, que pronto habremos hecho. ¡Desde aquella altura verás la nueva Jerusalén, la ciudad eterna de Dios, en la que habitarás eternamente!».

Dice el pobre: «¡Ay, hermano, qué excelsitud, con qué pureza brilla la luz de la mañana, qué nubes más bonitas! ¡Y todos los prados y los árboles! ¡Qué belleza! ¡Todo en este mundo celestial es inimaginablemente bello! ¡Las magnificencias de la Tierra no son nada en comparación! Y también veo una gran muchedumbre que se acerca y oigo cantar canciones celestiales. ¿Quién puede describir su armonía? Y la gente, ¡cómo brilla! ¿Qué pareceré entre ellos con mis harapos?

¡Ay, Dios, mío. Esto no se puede aguantar! Mira, ya se acercan; y ahora, ¿qué es esto? Todos se arrodillan y ponen sus caras en el suelo, en posición de contrición. A lo mejor se acerca el Señor mismo. ¡Dime que es lo que significa todo esto!». Dice el mensajero: «Debe ser algo así. Lo veremos en seguida. Un poquito de paciencia, algunos pasos más y sabremos lo que hay».

Dice el pobre: «Oh, sublime amigo. Me encuentro muy raro. Cómo imaginarse que veré al Señor del Cielo y de la Tierra, al Señor de toda vida y de la muerte! Amigo mío, estoy temblando de miedo y ansiedad, en espera de lo que voy a ver. Unos pocos pasos más y efectivamente habré alcanzado la colina. ¡Ay, qué será lo que veré!

Amigo mío, tú que habrás visto a Dios en parecidas ocasiones ¿no le temes cuando se te acerca? ¿Te has acostumbrado tanto que ya no te impresiona? Lo presiento en toda esta gente y también en los tres hermanos que nos siguen, todos están muy emocionados. Tú pareces impasible, como si lo que esta ocurriendo no fuera algo extraordinario. Dime, ¿como se puede comprender esto? ¿Acaso me he de comportar como tu, lo que no me sería posible?». Dice el mensajero: «Mi querido hermano, pronto comprenderás porque no temo a Dios y por qué no me comporto como nuestros hermanos y como toda la muchedumbre. Es mejor que obres como yo, pronto te convencerás que el miedo es vano. Te digo que el Señor no exige todo esto, pero si los hijos demuestran su amor y su humildad hacia el padre, no hacen mal. Yo sé que aunque intentaron asustarte, tampoco tú mostraste miedo ante los tres hermanos cuando te recibieron, y eso me gustó ¿Cómo es que ahora lo sientes?». Dice el pobre:«Sí, antes no tenía ni idea de la majestuosidad inmensa de Dios y sus santos cielos, pero ahora tengo a la vista lo que nunca me pude imaginar. Y todo es muy diferente. Qué magnifico debe ser Dios, si todos se estremecen así, de tanto respeto ante Dios, el Infinito, el Todopoderoso. ¿Será capaz de soportar mi ojo, tan necio y tan poco acostumbrado a la Luz, la visión de Dios?».

Dice el mensajero: «Tranquilo, hermano. No te has quedado ciego hasta ahora, ya aguantarás. Fíjate, ya hemos llegado arriba y en el horizonte, donde ves el Sol de Dios que ilumina todos los cielos y el corazón de hombres y ángeles, allí ves la ciudad santa de Dios, donde vivirás conmigo para siempre. De prisa, ya estamos llegando». El pobre hombre abre sus ojos desorbitadamente y su sorpresa es tan grande que no puede comprender la razón por la que la muchedumbre se esta levantando y comienza, junto con los otros tres hermanos, a cantar salmos en honor a Dios.

Tras un rato admirando silenciosamente y con arrebato este paisaje celestial que no puede compararse con nada del mundo, vuelve a preguntar: «¡Oh queridisimo amigo y hermano! Dime donde ven al Señor los que nos siguen pues le cantan como si estuviese entre ellos. Miro a izquierda y derecha, adelante y atrás, y no veo nada que pueda ser Dios. ¿Acaso son estúpidos mis ojos o indignos de ver Su faz? Ese debe ser mi caso. En el fondo lo prefiero así porque estoy seguro que Dios sabe que no podría soportar la contemplación de Su rostro. ¡Ay, qué feliz soy al ver toda esta magnificencia celestial a tu lado, sabiendo que Dios me mira. Bueno, en el fondo sí que me gustaría ver una sola vez a Aquél que tanto amo, pero a decir verdad, en la persona de nuestro Señor, Jesús, el Cristo.

¡Ay, si pudiera ver una sola vez al querido, queridísimo Jesús, me convertiría en la persona más feliz y bienaventurada de todos los cielos!».

Dice el mensajero: «Te digo que estés tranquilo, pronto te convencerás de que verás a Jesús antes de lo que pensabas. Te digo: en el fondo ya le ves, pero no le reconoces. Así que permanece tranquilo».

El pobre hombre vuelve a mirar en su alrededor, pero no ve a nadie que pudiera ser Jesús. Así que se vuelve otra vez hacia el mensajero y le dice: «¡Es muy raro! Dices, que ya Le estoy viendo, sin reconocerle. Pero he pasado revista a todos que nos siguen y no está entre ellos porque todos parecen muy contritos y emocionados y todos alaban y cantan a l Señor de la eternidad. También los tres hombres vestidos de blanco, por lo tanto no es posible que sea uno de ellos. Has dicho que Le puedo ver. Por favor, ¡dime cómo y dónde Le puedo ver!». Dice el mensajero: «Mira hacia la ciudad de Dios, tan cercana, y pronto lo comprenderás. Ya estamos en las murallas exteriores y pronto entraremos al interior de la ciudad santa, y tus ojos se abrirán, igual como les ocurrió a los discípulos en el camino de Emaús.

Tranquilo, pues todo ocurre como debe ser y para que nadie sufra ningún daño en su salvación y su libertad. ¿Te gusta esta ciudad en la que ahora entramos?».

Dice el pobre: «Oh, amigo, no hay palabras para describir toda su grandeza y suntuosidad. Y la de tantos palacios enormes todos los cuales parecen habitados. ¡Ay, Dios, qué refulgencia, qué esplendor, qué increíble majestad! Su belleza sobrepasa todo lo que puede comprender un hombre. Pero te vuelvo a preguntar, ya que estamos dentro de la ciudad ¿dónde está Emaús y donde está el Señor Jesús?».

Dice el mensajero: «¿Ves aquella casa grande, con sus ventanas iluminadas y sus galerías desde las que nos están saludando incontables hermanos y hermanas? Esta es la verdadera Emaús. Aquí vivirás para siempre jamás. ¡Ahora que estamos delante de Emaús, vuélvete hacia Mi, mírame, y reconocerás a aquel que llevas en tu corazón con tanta ansia y tanto amor!». Ahora el pobre ve que el mensajero es Él mismo. Inmediatamente cae de rodillas y Le dice: «Señor mío y Dios mío. Tú mismo fuiste el mensajero. ¡Oh, amor sin límites! ¿Cómo pudiste rebajarte hasta mí, pobre pecador, y concederme esta gracia?».

Después de estas palabras enmudece lleno de arrobo, y de esta manera entra en Mi casa. Os podéis imaginar la felicidad de este hombre y su destino eterno medido según su amor. Terminamos esta escena y pasaremos a otra. Amén.

Fuente: Jakob Lorber - Más allá del umbral, capítulo 10

miércoles, 3 de abril de 2019

Jesús nació el 7 de enero del año 4151

Marcos, entonces, se acerca a los fariseos y dice en lengua griega, idioma más común para ellos que el romano: “Amigos, no os dé vergüenza por el deseo manifiesto en vosotros de libraros de nuestro dominio, aceptando como El Mesías a quien os haga un pueblo poderoso sobre la Tierra! Tales expresiones de vuestra parte nos son conocidas y mantenemos el viejo refrán: Leo non capit muscas (un león no atrapa moscas), porque para esto nos sentimos aun lo suficientemente fuertes y poderosos.

Confesasteis delante del Señor que lo aceptaríais como Mesías, si Él no cambiase las condiciones del mundo no solo para los judíos , sino para todas las criaturas; tal idea fue inteligente y perdonamos vuestra opinión no muy elogiosa. Lo que nos sorprende es que sólo ahora comenzáis a comprender lo que nosotros, ya hace tiempos aceptamos como Verdad.

Pero mirad, este Jesús de Nazaret, nació en Belén, de acuerdo a vuestro calendario, en el año 4151 después de la aparición de Adán, en el mes de enero, a la medianoche del día séptimo. ¡Con seguridad Él es, respecto a su nacimiento terrenal, tan judío como vosotros!

Hace mucho tiempo que estamos informados de todo lo que se relaciona con Su nacimiento y acontecimientos posteriores, razón por qué no lo perdemos de vista, como Personaje Excepcional. Los primeros informes nos fueron dados por Cirenio y Cornelio, y hoy, que bordeamos los sesenta años, se comprende nuestro amplio conocimiento.

A pesar de ser paganos, por vosotros considerados ignorantes, suponemos que es el milagroso Nazareno el Mesías Prometido, porque hemos estudiado las profecías. Ahora, no tenemos más dudas de Su Divinidad. Si así es, indudablemente, -no obstante el ser simple judío es lo que os impidió aceptarLo?! Acaso no constituye una honra para vosotros que los romanos poderosos Lo reconozcan y alaben como Señor y Maestro, por lo que confesamos que Él venció a los paganos, confesión de la cual jamás nos avergonzaremos, pues es la Mayor Honra que Él nos haya aceptado como hijos!? Vosotros, judíos, continuáis creando medios para apresar y matar al Señor de Toda Gloria! Explicadnos cómo es posible tan grande horror! Los templarios nada pueden contestar. Marcos, sin embargo, insiste, porque son libres y no necesitan temer castigo alguno.


 Fuente: Gran Evangelio de Juan, tomo 8, capítulo 86 recibido por Jakob Lorber.

lunes, 11 de marzo de 2019

Sermón de penitencia a un obispo

Dice el Señor:

Entonces Yo, como timonel, tomé la palabra y le dije a Martín: 

«Ahora ¡escúchame y presta mucha atención a lo que te voy a decir!

Mira, sé muy bien de qué índole es el mundo, pues conozco cómo ha sido todo el tiempo. Si el mundo no fuera malo, o por lo menos a veces mejor que en otros momentos, ¡no habría crucificado al Señor de la Gloria! Pero si su enorme malevolencia hizo ya esto con la Madera del árbol glorioso, ¡cuánto menos respetará la leña menuda! Por eso al mundo se aplica siempre lo que por la boca del Señor dice el evangelio:
 

En estos días -es decir estando dentro del tiempo del mundo- el Reino de los Cielos requiere  enorme fuerza; ¡lo poseerán sólo quienes lo arrebaten para sí con enorme fuerza!”. Cierto es, amigo mío, que nunca aplicaste una tal enorme fuerza moral al Reino del Cielo.

Por eso mismo no deberías acusar demasiado al mundo; pues, porque según mi conocimiento sumamente claro,  ¡siempre atribuiste en todo más importancia al mundo que al espíritu!

¡Sé muy bien que en este punto fuiste uno de los principales adversarios de todo despertar espiritual y un enemigo de los protestantes a los que perseguiste con gran odio y amarguísima cólera por su aparente herejía!
 

Para ti nunca fue válido el dicho "Si mundus vult decipi!" (¡Si el mundo quiere ser engañado...!), al contrario, tu dicho sin misericordia ni apelación era: "Mundus decipi debet!" (¡El mundo tiene que ser engañado!), y esto "sine exceptione!" (¡sin excepciones!).

Pero Yo te digo que en ninguna parte el mundo es peor que precisamente en tu esfera y en la de tus semejantes.

¡En todos los tiempos fuisteis los mayores enemigos de la luz y hubo épocas en que a cualquiera que pensara un pelo más claro que vosotros le erigisteis una hoguera!

5. ¡No fueron los gobernantes del mundo quienes procuraban introducir tinieblas en sus pueblos sino vosotros, que excomulgabais a los gobernantes si osaban pensar con algo más de claridad que a lo que a vuestro despotismo oscuro, jerárquico y tiránico le agradaba! De modo que si por alguna parte hay gobernantes de naturaleza oscura son producto vuestro; nunca jamás fuisteis vosotros producto de ellos sino, hoy como en todos los tiempos, siempre fuisteis vuestro propio producto.

6. En ciertos países donde no tienen ni la menor noción de la luz es más difícil introducir la pura Luz de Dios. Lo sé. Pero ¿quién tiene la culpa? ¡Únicamente vosotros mismos!

7. ¿Quién os mandó nunca erigir templos y altares propios de paganos? ¿Quién os ordenó celebrar vuestros pretendidos oficios divinos en lengua latina? ¿Quién inventó la remisión de los pecados por dinero? ¿Quién ha quemado Escrituras divinas reemplazándolas por leyendas absurdas de pretendidos santos; quién las reliquias y millones de estatuas y cuadros santos? Ni un emperador ni un conde, ¡sino únicamente vosotros! En todos los tiempos fuisteis vosotros los maestros de obra de las más profundas tinieblas, para obtener en ellas todo lo que pudiera ser útil a vuestro cetro.

8. En general los regentes tienen buena fe y son adeptos de vuestra doctrina. Pero ahora dime, ¿qué fe tenías tú, aun estando muy iniciado en las Escrituras? ¿A quién serviste? ¿Cuánto rezaste, sin ser pagado por ello?

9. Siendo así, ¿como puedes esperar que Dios te tenga alguna consideración, si el mundo no te corrompió sino tú al mundo?

10. En lo que se refiere al martirio que nombraste te digo que más fácilmente habrían podido crucificarte mil veces por la noche de tu amor al despotismo que una sola vez por amor a la pura Luz divina; así que por parte de los regentes poco peligro te habría amenazado si hubieras divulgado la Luz. ¡Demasiado bien sé cómo te opusiste a los regentes cuando querían negarse a tus exigencias que menospreciaban todos los derechos humanos!

11. Conozco pocos casos en que regentes encarcelaran a sacerdotes verdaderamente iluminados o, como tú pretendes, los despacharan al mundo de los espíritus; lo que sí sé que en muchísimos casos lo hicisteis vosotros mismos con aquellos que osaron vivir algo más conformemente a la palabra de Dios.

12. ¿Crees acaso que el antiguo Dios ya no es tan poderoso como en tiempos de los apóstoles, para que a aquel que es listo como una serpiente y al mismo tiempo manso como una paloma, y que anda en los caminos del Señor, no le pueda ayudar si está perseguido por el mundo?

13. Te digo que además de a Lutero podría nombrarte aún a muchos hermanos que en tiempos muy oscuros se atrevieron a profesar la palabra de Dios ante todo el mundo. Y los regentes no le cortaron la cabeza a ninguno; sin embargo, ¡mal lo pasó aquél de espíritu algo más puro que cayó en vuestras manos!

14. Espero que aquí donde no cuenta nada más que la pura Verdad, unida al Amor eterno, reconozcas que todas tus excusas no sirven para nada. ¡Lo único que ante el Señor cuenta es tu “Mea quam máxima culpa”! Que te conste que el Señor conoce el mundo hasta en su más minúscula fibra, ¡mejor que tú lo conocerás nunca! Por eso sería una gran insensatez que, pese a que dices que no te quieres disculpar sino sólo que el Señor considere tu caso, le quieras explicar cómo es el mundo para disculparte. ¿Cómo así, si tú mismo fuiste un maestro en corromper el mundo ?

15. No serás privado ni en un solo pelo de la consideración que merezcas por ser cautivo del mundo; pero en lo que le reprochas no tendrás consideración alguna. Lo que el mundo te debe, ante Dios será arreglado con una cuenta pequeña pero tú culpa ya no encontrará un arreglo tan fácil, a no ser que, lleno de arrepentimiento, la reconozcas, y que reconozcas que sólo el Señor, y nunca tú que eres y siempre fuiste malo, puede arreglar todo y perdonártela.

16. El infierno te da mucho miedo porque tu conciencia te dice que lo mereces y que Dios te arrojará a él como una piedra a un abismo. Lo que no piensas es que el infierno que temes existe solamente en tu imaginación, ¡mientras que en el verdadero encuentras un placer tan grande que no quisieras salir nunca de él!

17. Todo lo que hasta ahora has pensado ha sido ya, en el sentido más verdadero, infierno en mayor o menor grado. Porque donde aun queda el más mínimo rastro de egoísmo, de obstinación y de acusación de otros: ¡eso es infierno!

En donde la apetencia carnal no ha sido aun libremente rechazada, allí todavía hay infierno.

Todavía llevas pegado todo eso, ¡de modo que todavía estás muy metido en el infierno! ¡Mira pues, qué vano es tu miedo aquí!

18. Pero el Señor, que tiene misericordia de todos los seres, quiere sacarte del infierno y no, según tus dogmas romanos, hundirte aún más profundamente en él. Así que vale más que en adelante no esperes que a aquél que obstinadamente quiera ir al infierno el Señor le diga: “Si te empeñas tanto en ir al infierno, ¡que así sea!”.

19. ¡Pensarlo es una gran insolencia! Tú eres uno de aquellos que no quieren privarse del infierno, ¿pero cuándo pronunció el Señor parecida sentencia sobre ti?

20. Considera mis palabras y actúa conforme a ellas, y Yo conduciré esta barca para que desde tu infierno te lleve al reino de la vida, ¡así sea!».



Fuente: Obispo Martín, capítulo 15. Recibido por Jakob Lorber.
 El sermón de penitencia del navegante divino dirigido al obispo Martín

sábado, 16 de febrero de 2019

Que tire la primera piedra...

Una joven peruana se fue a estudiar a Brasil. Y vivía en un edificio de personas respetables, a excepción de una inquilina, acusada de ser una "mujer de la calle". Un día la joven peruana se enfermó  tanto que estaba postrada en cama  y no podía atenderse a sí misma. Nadie del edificio acudió a ayudarla, solo la "mujer de la calle"  cuidó de ella y, con mucho amor, le lavaba incluso la ropa interior manchada con sangre de su regla.

Esta historia de la vida real y me hace recordar a la iglesia en la que nací. Sí, es cierto, ella se ha corrompido en el pasado y hasta hoy se prostituye, pero fue la única que me amamantó con leche espiritual durante mis noches negras de mi infancia. Y ahora, ¿debo condenarla por su enfermedad? ¿Dónde estaría el agradecimiento y capacidad de amar, si le deseo la muerte? ...

El siguiente mensaje ha sido dado por el Señor:


La Posición sobre la Iglesia.

20 de agosto de 1840.

1. Quiero daros unas palabras a aquellos que creen leer en el mensaje  "El Camino al Renacimiento",  no Mi voz sino la de Satán, o por lo menos lo consideran como una obra vana de Mi siervo escribano. ¡A ellos sean dirigidas estas líneas!

2. Ellos dudan de la autenticidad de Mi Gracia. ¡Si Yo también fuera capaz de dudar, también podría dudar del amor de ellos! Porque, si bien es cierto, tienen la fe del intelecto, pero cuán lejos de ellos está aún un corazón creyente. - En vez de volver al corazón juicioso y susceptible mediante el sentimiento, sólo llenan al intelecto cada vez más y más. Este se les ha crecido, de tanto leer, como un balón lleno. Este balón está atado al corazón mediante el cordón de la voluntad. El corazón quiere expandirse  y respirar Mi Amor misericordioso a grandes bocanadas, especialmente cuando Yo entrego alguna justa humillación, un poco escondida  de tal manera que no pueda ingresar a través de los finos poros del balón de sus intelectos  y, por lo tanto, pueda encontrar entrada  cuando descienda al corazón.

3. Pero el balón del intelecto, lleno de los gases del aire, como si fuera un globo, jala entonces tan fuertemente al cordón de la voluntad, debido a su ligereza específica, de tal manera que las entradas de las cámaras espirituales del corazón son cerradas muy firmemente y las dádivas tampoco pueden ingresar aquí. ¿Y cuál es el resultado? Nada más que la duda, porque las dádivas vivas resbalan entre los extremos del cordón de la voluntad, hacia arriba y hacia abajo, y no encuentran entrada, ni en el primero (el intelecto), ni en el segundo (corazón). Por eso Yo tengo que actuar y quitar un poco de aire al intelecto, para que pueda bajar y así aflojar al cordón para que el corazón atado pueda recibir nuevamente aire.

4. El estado conforme al orden debe ser el siguiente:

El corazón es ampliado paulatinamente a través de la bajada humilde del intelecto hasta que acoge al mismo dentro de sí. Allí el intelecto mismo es calentado por el amor y se expande dentro del corazón. Con esto el amor sufre cada vez más tensión, se enciende al fin en su sublime calor, y la luz de su suave llama ilumina dulcemente al intelecto con una suave claridad.

Recién entonces resplandecen los tesoros del cielo en el intelecto, y, debido al calor de la luz, crecerán gradualmente y se diferenciarán y estructurarán cada vez más (como viéndolos bajo el microscopio) - de ello resulta entonces el hermoso entendimiento de corazón (y no el intelectual) del amor y de la verdadera y viva fe, y la semilla de mostaza se convierte en un árbol que invita a las aves del cielo (a tomar morada en sus ramas) y finalmente también a Mí mismo.
5. Lo dicho sirva para tu tranquilidad durante similares reproches futuros, ni que tú (Jakob Lorber) fueras un servidor de dos señores, o ni que Yo también quisiera servirme, a favor de mi Gracia, de un instrumento de Satanás. ¡Pero las pocas palabras siguientes sirvan para la ventilación del intelecto en los escépticos!

6. ¿Es realmente loable que los hijos abandonen a su madre enferma y le deseen la muerte debido a sus múltiples dolencias? - Yo digo: la Iglesia Romana es una ramera; pero vosotros habéis nacido en ella y habéis tomado la primera leche materna de su seno. Fue ella la que primero os enseñó a mencionar Mi nombre, os alimentó como una madre muy tierna y os prohibió sólo aquellos alimentos que hubieran dañado vuestro estómagos. Con esto ella os abrió el apetito por alimentos más vigorosos para el alma y el espíritu, que según Mi voluntad nunca os fueron negados de mi parte, para que vosotros pudierais gozar a vuestras anchas. ¡Y aún hoy vosotros os regocijáis como no tan pronto lo hará alguien en su regazo!

7. Entonces, ¿por qué ahora clamáis, como lo hicieron Santiago y Juan: "- ¡Señor haz que lluevan rayos y azufre sobre su cabeza enferma!"? - ¡Oíd, aquí se ve aún muy poco amor verdadero! ¿¡Acaso pensáis que la destrucción es el camino hacia el mejoramiento!? Oh no, aquí os equivocáis horriblemente. Porque así también pensaron todos los fundadores de las sectas. ¡Pero se han equivocado igualmente bastante, y la consecuencia fue: discordia fraternal, guerras, asesinatos y atrocidades de todo tipo! ¿Fue bendecido aquel mejoramiento? O puede decir una secta: "Mi doctrina no ha sido sellada con la sangre de los hermanos!? "

8. Mirad, ella, la romana, es la mujer adúltera que debió ser lapidada. Pero Yo digo también aquí: "Quien esté libre de pecado, que arroje la primera piedra contra ella!" (Juan 8:7.) 

También ella es la mujer de Caná y tiene una gran fe y amor.

Ella es también la mujer que sufría durante doce años de flujo de sangre, y la que  robó la sanación de mi vestido, pero sanó, porque tenía mucha fe y amor. (Mateo 9,20).

Y también ella es igual a la gran ramera, y posterior penitenta arrepentida, llamada Magdalena, que echó bálsamo a mis pies. Bajo todas estas figuras puede presentarse la Iglesia romana.

9. Por otro lado, otros "discípulos" están llenos de disgusto cuando oyen sobre mi "carne y sangre". Ellos creen lo que quieren, se reaniman con las migajas de pan que caen de las mesas de sus señores (que es mi Palabra despedazada) y quieren demostrar, dentro de sus tumbos jactanciosos, que Yo no soy; y si es que queda algo de Mí, recién Yo podré ser, sólo si ellos son lo suficientemente condescendientes como para aceptarme dentro de su "idea". En verdad Yo digo: si alguna secta, poseedora de mi plena palabra, no puede alcanzar mejor concepto de Mí que aquél que les lleva a mi destrucción total, entonces incluso los turcos me son más preferibles que en su ceguera sincera y estricta me consideran algo superior que su ídolo Mahoma; e incomparablemente más preferible me es la Iglesia romana donde por lo menos se me ofrece un sacrificio exterior y visible, que para muchos es una conmemoración viva de Mi redención.

10. ¡Mirad, así está la situación de Roma! - Yo no tengo ninguna complacencia en el Vaticano ni en la Catedral de Pedro. Y me gustaría mucho más, en su lugar, una casa para pobres. Roma es una ciudad que ha fornicado con los reyes del mundo. Ella es una ramera y actúa como tal. Ella adorna su rostro desfigurado y viste su cuerpo semi-podrido con lindas vestimentas, para dar la apariencia de ser una virgen. Mirad, todo esto y miles de cosas más me son muy bien conocidos. ¿¡Pero acaso no decís vosotros mismos: una ramera educa a sus hijos muchas veces mejor que una madre orgullosa que se cree ser la misma sabiduría divina!? También os digo: Esta ramera ya ha educado muchos buenos hijos y con esto ha echado bálsamo a mis pies. Por eso Yo quiero ayudarle y mirarla para que haga penitencia; pues ella ha pecado mucho, pero también ha amado mucho!

11. Pero a vosotros os digo que vosotros habéis nacido y sido bautizados en ella, por eso no deberíais desear destrucción sino sanación. Yo os doy el bálsamo y os curo del mal original. Si es que vosotros vivís según las reglas dadas, la Iglesia os respetará. Y cuando ella observe en vosotros maravillas entonces ella también pedirá el bálsamo y sanará en silencio sus heridas. ¡Pero si vosotros deseáis volveros desleales poca bendición llegará así a vuestros hermanos!

12. ¡Vivid como Yo os he mostrado, así nunca os tocará una investigación debido a Mí! Porque Yo os protegeré y mi Obra saldrá a la luz del día sin impedimentos atrayendo todo hacia sí como un gran imán. Pero vosotros no debéis debilitarlo a través de vuestra desobediencia y aquellas dudas.

13. Si preguntáis: ¿Cómo puede en la iglesia romana haber noventa y nueve veces bendición? - Entonces Yo digo: En el cielo se alegrarán los ángeles noventa y nueve veces más, por un pecador penitente, que por la misma cantidad de justos, que piensan ser justificados a través de mi plena palabra. - Pues en verdad os digo: Lutero, Calvino, Melanchthon,  y muchos otros más, no pesan tanto como un, Juan De La Cruz, o un Juan de Dios, o un Francisco de Asís, o un Tomás de Kempis, o un Taulero, o una Teresa y, muchos otros miles más.


Porque en su fe predominaban la justicia de fe, basada en el intelecto, y el dogma, antes que el sentido de Dios, y el amor de los grandes místicos, y héroes del amor.

Comparad por ejemplo la contienda dogmatica entre Lutero y Zwingli en Marburgo.

Su posición frente a la carta de Santiago, (En donde se habla de la relación, entre la doctrina de fe dogmática ,y el amor en su catecismo! Santiago 2:14.)

14. ¡En Verdad os digo, los protestantes renombrados hubieran podido aprender aun mucho (de los mejores Santos de la Iglesia Católica)!

Incluso Swedenborg experimentó cosas en Roma, que recién le ayudaron a abrir muy significativamente, las puertas hacia la vida interior; pues él era uno de esos, que sabían obtener la quintaesencia de todo, y sacarle un provecho real.

15. Mirad, por eso el sabio va al desván y encuentra a menudo grandes tesoros cubiertos del polvo de la ceremonia. Limpia el polvo y guarda el oro puro en su cuarto de tesoros. ¡Haced lo mismo! - ¡Porque escrito está: "Dejad que los pequeños vengan a Mí, y no les impidáis; pues para ellos está el reino de los cielos"! Y quien no se vuelva igual a ellos, no entrará tan pronto en mi Reino, hasta que él se vuelva como ellos, que no dudan sino, en la inocencia, creen incondicionalmente a sus padres, y ponen en práctica lo que les dicen; e incluso, cuando a través de mi Gracia maduran ante los padres, honran su palabras, a pesar de ya no necesitarlas.


16. Noé falló cuando se embriagó; pero él maldijo al hijo por haberse reído. Y a los dos que, amorosamente le cubrieron su desnudez los bendijo. ¡Haced lo mismo (que estos últimos) si es que queréis ser bendecidos noventa y nueve veces! - Esto lo digo Yo, el Amor Eterno y la Sabiduría Eterna. Aamén, amén, amén.




Fuente: Dádivas del Cielo recibido por Jakob Lorber