El silencio del amor

Y después de este discurso de confesión de Adán, Seth se levantó y quiso comenzar a hablar; pero Asmahael le hizo una seña de que se callara, y añadió:

“Seth, ¿acaso no sabes que el verdadero Amor es mudo y que la Sabiduría habla únicamente cuando a ella se le solicita que hable palabras buenas y útiles al servicio de los demás?

Si tienes Amor, calla con la boca y habla sólo en tu corazón; y si tienes Sabiduría, entonces deja primero que alguien te desee y si esto sucede, ¡entonces habla pocas palabras buenas y útiles para la persona que lo desee, pero háblalas desde el corazón y no desde la mente!

Pero es incomparablemente mejor estar callado y tapar los oídos y cerrar los ojos que seguir boqueando y burbujeando como una cascada y poner los oídos en cada esquina y dejar que los ojos salten como locos similar a la de una golondrina.

¿Acaso no es vuestra regla de sabiduría: ¡Tres cosas de la boca, siete para el oído y diez para el ojo!?; entonces, ¿de qué sirven los discursos superfluos; y por qué en lugar de siete, mil para el oído, y una cantidad incontable para el ojo?

Pero, Seth, Yo sé lo que querías decir; guárdalo contigo, y verás que mañana el sol saldrá como de costumbre a la hora señalada!

¡Y vosotros, los demás, haced lo mismo! Que nadie imponga una palabra al otro, sino quien quiera averiguar algo debe dirigirse a alguien que tenga un corazón muy comprensivo, es decir, un corazón que escuche permanentemente la voz del Amor eterno dentro de sí mismo y que entienda bien la palabra de vida de Dios para el momento de la comunicación necesaria. Pero cuando tal palabra se hable con sobriedad como el oro de la tierra, entonces allí es hora de abrir los oídos y los ojos desde el corazón; ¡Escuchad y entended bien esto!

Fuente: Gobierno de Dios, tomo 1, capítulo 98

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