La verdadera oración a Dios
El niño Jesús habló suavemente, sonriendo, a José (su padre putativo):
“¡José! ¿Sabes cómo debe el hombre orar a Dios?
Mira, no lo sabes por completo; por eso Yo quiero decírtelo.
¡Escucha! En espíritu y en verdad debe orar el hombre a Dios, y no con los labios, como hacen los hijos del mundo, que piensan que han servido a Dios simplemente por mover los labios por un rato.
Pero si quieres orar en espíritu y en verdad, entonces ama a Dios en tu corazón y haz el bien a todos, amigos y enemigos, y así tu oración será justa ante Dios.
Si alguien, en ciertos momentos, solo mueve los labios por un corto tiempo frente a Dios y, durante ese tiempo, piensa en diversas cosas mundanas que le importan más que su oración vacía, sí, más que el propio Dios, dime, ¿es eso realmente una oración?
En verdad, millones de esas oraciones serán escuchadas por Dios de la misma manera en que una piedra escucha la voz de quien le grita.
Pero si oras a través del amor a Dios, nunca tendrás que preguntar si debes adorarme ahora como al Dios y Padre más santo.
Porque quien ora así a Dios, también Me ora a Mí; porque el Padre y Yo somos de un mismo amor y un mismo corazón”.
Estas palabras llevaron a todos a una comprensión pura, y entonces supieron por qué Jesús debía ser llamado Hijo de Dios.
El pecho de José se llenó de la más sublime dicha celestial.
Y María se regocijó en secreto por el niño y guardó todas esas palabras en su corazón, al igual que los hijos de José.
Fuente: Infancia y Juventud de Jesús, cap. 91, v. 5-15 (IJJ 91.5-15)
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