miércoles, 2 de agosto de 2017

Como me libré de mi ansiedad

Hasta los treinta años, viví en un estado de ansiedad casi continua,
salpicada con periodos de depresión suicida. Ahora lo siento como si
estuviera hablando de una vida pasada o de la vida de alguien
diferente.
Una noche, no mucho después de cumplir veintinueve años, me desperté
de madrugada con un sentimiento de absoluto terror. Había despertado
con ese sentimiento muchas veces antes, pero esta vez era más intenso
que nunca. El silencio de la noche, los contornos vagos de los muebles
en la habitación oscura, el ruido distante de un tren, todo parecía
tan ajeno, tan hostil y tan absolutamente sin sentido que creó en mí
un profundo aborrecimiento del mundo. Lo más odioso de todo, sin
embargo, era mi propia existencia. ¿Qué sentido tenía continuar
viviendo con esta carga de desdicha? ¿Por qué seguir con esta lucha
continua? Podía sentir un profundo anhelo de aniquilación, de
inexistencia, que se estaba volviendo mucho más fuerte que el deseo
instintivo de continuar viviendo.
"No puedo seguir viviendo conmigo mismo". Este era el pensamiento que
se repetía continuamente en mi mente. Entonces súbitamente me hice
consciente de cuán peculiar era este pensamiento. "¿Soy uno o dos? Si
no puedo vivir conmigo mismo, debe haber dos: el 'yo' y el 'mí mismo'
con el que 'yo' no puedo vivir". "Quizá", pensé, "sólo uno de los dos
es real".
Esta extraña revelación me aturdió tanto que mi mente se detuvo.
Estaba completamente consciente, pero no había más pensamientos.
Después me sentí arrastrado hacia lo que parecía un vórtice de
energía. Al principio era un movimiento lento y después se aceleró. Me
sobrecogió un intenso temor y mi cuerpo empezó a temblar. Oí las
palabras "no te resistas a nada" como si fueran pronunciadas dentro de
mi pecho. Sentía como si me arrastrara a un vacío. Sentía que el vacío
estaba dentro de mí en lugar de afuera. De repente, ya no sentí más
miedo y me dejé caer en aquel vacío. No recuerdo lo que pasó después.
Me despertó el canto de un pájaro en la ventana. Nunca había oído un
sonido así antes. Mis ojos aún estaban cerrados y vi la imagen de un
diamante precioso. Sí, si un diamante pudiera producir un sonido,
sería así. Abrí mis ojos. La primera luz del amanecer se filtraba por
las cortinas. Sin ningún pensamiento, sentía, sabía que hay mucho más
en la luz que aquello de lo que nos damos cuenta. Aquella suave
luminosidad filtrándose a través de las cortinas era el amor mismo.
Mis ojos se llenaron de lágrimas. Me levanté y caminé por la
habitación. La reconocía y sin embargo sabía que antes no la había
visto verdaderamente. Todo era fresco y prístino, como si acabara de
nacer. Tomé cosas, un lápiz, una botella vacía, maravillándome ante la
belleza y la vividez de todo.
Aquel día caminé por la ciudad en total asombro por el milagro de la
vida sobre la tierra, como si acabara de nacer a este mundo.
En los cinco meses siguientes viví en un profundo estado de paz y
embelesamiento ininterrumpidos.
Después esta condición disminuyó algo en intensidad o quizá me pareció
porque se volvió mi estado natural.
Podía funcionar todavía en el mundo, aunque me daba cuenta de que nada
de lo que hiciera podría añadir algo a lo que ya tenía.
Sabía, por supuesto, que algo profundamente significativo me había
ocurrido, pero no lo entendía en absoluto. Solamente varios años
después, luego de haber leído textos espirituales y de haber pasado
tiempo con maestros, me di cuenta de que lo que todo el mundo buscaba
ya me había ocurrido a mí. Comprendí que la intensa presión del
sufrimiento aquella noche debió haber forzado a mi consciencia a
retirarse de su identificación con aquel ser infeliz y profundamente
temeroso, identificación que es en últimas una ficción de la mente.
Esta retirada debió ser tan completa que este ser sufriente y falso se
derrumbó inmediatamente, como cuando se le quita el tapón a un juguete
inflable. Lo que quedó después fue mi verdadera naturaleza como el
eterno presente que Yo soy: la consciencia en su estado puro, anterior
a la identificación con la forma. Más tarde, aprendí también a entrar
en ese reino interior, ajeno al tiempo y a la muerte que había
percibido originalmente como un vacío y a permanecer completamente
consciente. Viví en estados de arrobamiento y santidad tan
indescriptibles que incluso la experiencia original que acabo de
describir palidece en comparación.
Llegó un momento en el que, por un tiempo, no quedó nada de mí en el
plano físico. No tenía relaciones, ni empleo, ni hogar, ni identidad
socialmente definida. Pasé casi dos años sentado en los bancos de los
parques en un estado de intenso gozo.
Pero incluso las experiencias más bellas vienen y se van. Más
fundamental, quizá, que cualquier experiencia, es la corriente
subterránea de paz que no me ha abandonado desde entonces. A veces es
muy fuerte, casi palpable, y los demás la pueden sentir también. En
otras ocasiones, está en alguna parte en el fondo, como una melodía
distante.
Después, la gente venía ocasionalmente a mí y me decía: "Quiero lo que
usted tiene. ¿Puede dármelo o mostrarme cómo lograrlo?" Y yo decía:
"Usted ya lo tiene. Sólo que no puede sentirlo porque su mente hace
demasiado ruido". Esta respuesta creció después hasta convertirse en
el libro que usted tiene en sus manos.
Sin darme cuenta, tenía una identidad externa de nuevo.
Autor: Eckhart Tolle

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